Nací en el departamento de Tacna, pero cuando era muy pequeño, mi familia se mudó para la capital. De tal manera, viví la mayor parte de mi vida en Lima y recién conocí mi tierra natal cuando estaba de luna de miel, a los veinte cinco años.

            Durante mi niñez, también vivimos una temporada en una hacienda, que tenía un aras. Allí tuve la oportunidad de estar en contacto con la madre naturaleza: todo tipo de frutas, verduras, tubérculos, variedad de animales que criaba mi padre, aves libres en su ambiente natural, una laguna artificial que mi padre mandó hacer y donde sembró peces, una linda casa de campo, varias caballerizas, una pista y rodeo para los caballos y un boulevard como ingreso a la propiedad. Con mi hermano mayor solíamos correr por los campos, darles de comer zanahorias a los caballos, hacer nuestras covachas, recolectar frutas, coger huevos de gallina o de pavo, cosechar camotes y cocinarlos haciendo nuestra propia hoguera, pescar en el lago y muchas cosas más propias del campo, porque se trataba de un aras pero que tenía varias extensiones de campos con sembríos. Esos pocos años me marcaron para siempre, y nunca más pude adaptarme totalmente a la vida de la ciudad. Como es la ironía del destino, yo amante de las grandes áreas libres y de la vegetación, ahora vivo en un pequeño departamento; sin embargo, paso muchas horas en los parques buscando árboles, pastos, flores y aves.

            El “Aras Nocheto”, que así se llamaba la hacienda, tenía una acequia, producto de un desvío del rio Rímac, que servía tanto para el regadío como para las viviendas, para lo cual, se utilizaba un sistema de filtros, que aparentemente no tenía la tecnología suficiente para hacerla totalmente potable. Lamentablemente, mi madre y mi hermano Mario enfermaron gravemente. Después de un tiempo, mi madre se recuperó pero mi hermanito falleció. A Mario lo recuerdo muy poco; pues yo era muy pequeño, pero sí recuerdo como su muerte afectó a toda la familia, que por salubridad tuvimos que mudarnos a la ciudad, tanto mi hermano mayor como yo estuvimos viviendo una temporada en casa de una tía, mi hermana menor y mi mamá donde mi abuelita y mi papá se quedó solo en la hacienda administrando el negocio.

            Posteriormente, volvería a integrarse la familia en casa de mi abuela materna, pero creo que, a partir de ese momento, la relación de mis padres comenzó a deteriorarse. Cuando ellos se conocieron, mi madre, hija de un coronel de caballería, era una mujer muy linda, ex-reina de carnavales; mi padre, hijo de una familia pobre de inmigrantes italianos, era Capitán de Caballería y había ganado todos los concursos de equitación de su época; justamente ellos se conocieron en un concurso en el Círculo Militar de caballería. Ambos se querían e intentaron amistarse varias veces, que así nacieron dos hijos más, amén de que mi madre tuvo varias pérdidas. Pero mi padre también amaba a los caballos, además no sabía hacer otra cosa. Él había renunciado al ejército para trabajar de administrador en el “Aras Nocheto”, de propiedad de su cuñado, donde había más de cincuenta caballos finos de carrera. Cuando, por una epidemia, murieron los mejores sementales, mi tío vendió el aras y mi papá se quedó sin trabajo. Utilizando su liquidación se metió en varios negocios pero en todos fracasó; finalmente se empleó en una escuela de equitación, que posteriormente lo llevaría a trabajar en escuelas extranjeras, donde había mayor demanda de sus servicios y llegaría a tener alumnos de nivel mundial. 

Luego que mis padres se separaron y mi padre se fue a vivir al extranjero, la familia se fue comiendo el patrimonio materno que consistía en dos bienes inmuebles, en uno de los cuales vivíamos; pero como éramos: mi mamá, mi abuelita y cinco hermanos; nuestro presupuesto era alto y llegó el momento en que ya sólo teníamos la pequeña pensión de militar retirado que mi padre nos dejó y los pocos ingresos que obtenía mi madre como vendedora de cosméticos Evon y envases de plástico Renaware. Acostumbrado a estudiar en buenos colegios, me costó mucho acostumbrarme a estudiar en un colegio estatal, en la Unidad Escolar Bartolomé Herrera, aunque en realidad, el nivel educacional en aquella época de estas instituciones era muy buena. Felizmente mi hermano mayor ingresó becado al Colegio Militar Leoncio Prado. Yo también ingresé al CMLP dos años después y, justamente, cuando terminé la secundaria, se acabó el dinero producto de la venta de las dos casas. Mi madre inició un negocio, puso una bodega y fuimos a vivir a una casa alquilada; pero el negocio quebró y pasaron varios meses sin poder pagar los alquileres de la casa, en un momento dado, nos vimos con la vergüenza de ser desalojados, con todas nuestras pertenencias tiradas en la calle. Todos mis amigos nos veían con lástima, y yo quería morirme. Sólo tenía diecisiete años y las chicas que más me interesaban se me corrían. Por fortuna, una Santa, la señora Clarita, madre de uno de nuestros mejores amigos y un personaje muy importante de mi novela: “Mano Santa y el Soñador”, se apiadó de nosotros. La señora vivía con sus cuatro hijos en un departamento pequeño, pero nos alojó durante un mes a todos nosotros que éramos siete, contando a mi abuelita. A los tres hombres nos alojaron en el cuarto de servicio que tenían en la azotea y que tenía aproximadamente cinco metros cuadrados,  a mi abuelita y mis dos hermanas les dieron un cuarto, el que desocupó la señora quien se acomodó junto con sus dos hijas y, finalmente, mi mamá dormía en el sillón de la sala. Afortunadamente, yo que no hacía mucho había iniciado a darles clases de Matemáticas a chicos colegiales, aumenté notablemente mi número de alumnos, dándole preparación para los exámenes a postulantes universitarios. Yo ya había ingresado a la Universidad ese año. Paralelamente, mi madre trabajó muy duro e incrementó sus comisiones de ventas y pudimos alquilar un departamento. En esa vivienda viví mientras realicé mis estudios universitarios, hasta que conocí, me enamoré y me casé con mi actual esposa. Pero, dos años antes de terminar mi carrera, ingresé a trabajar en el turno de noche de una fábrica textil; estudiaba de día y trabajaba de noche, cosa que no hacía ninguno de mis condiscípulos, porque el ritmo de estudios era muy fuerte. Tenía un amigo que no se perdía ni una sola clase, y anotaba todo lo que los catedráticos escribían en la pizarra, incluyendo cualquier comentario importante de los maestros; pero mi amigo, Pericles, era tan pobre como yo, tampoco podía comprar libros y teníamos que estudiar con libros prestados por la biblioteca, que muchas veces no conseguíamos porque se agotaban rápido. Esto lo solucionamos juntándonos con un tercer amigo, que tenía mucho dinero y compraba todos los libros que le pedíamos, con tal de que le ayudáramos a entender las soluciones de los problemas planteados en los textos. Como el trabajo nocturno me quitaba mucho tiempo de descanso, tenía que faltar a muchas de las clases; pero gracias a que mi amigo pobre me prestaba sus anotaciones y a que mi amigo rico me prestaba sus libros, pude nivelarme. Yo estudiaba en la UNI, que era una buena universidad, además gratuita, sin embargo, en mi facultad, Ingeniería Industrial, estudiaba una gran cantidad de pitucos; muchos, hijos de dueños de empresas y que venían de los mejores colegios de Lima, un gran porcentaje del colegio Santa María y otros colegios privados de primer nivel. Cada facultad tenía su propia cafetería, pero la nuestra era la que tenía los precios más caros y, como mi amigo Pericles y yo no teníamos tiempo para ir a casa para almorzar, cuando teníamos unas pocas monedas, íbamos al comedor universitario que sólo costaba cinco soles de aquella época; muchas veces, para lograrlo, teníamos que utilizar el dinero para nuestro pasaje de retorno; por lo cual, caminábamos más de cincuenta cuadras, desde la UNI hasta Pueblo Libre. Como yo era muy miope, tenía que utilizar un anteojos con lunas muy potentes, recuerdo que cuando se me rompió una de las lunas, estuve como un año escuchando clases con un cartón en el lugar de la luna rota, hasta que finalmente ahorré para adquirir una luna nueva. Como durante varios años usé la única casaca verde que tenía, a mí me decían: “El chico de la casaca verde”. Pero nunca me sentí menos que nadie, tampoco superior y, como era muy consultado para entender los difíciles problemas de Matemáticas, Física y otras ciencias; logré hacer amistad tanto con los ricachos como con los que vivían en el “Hogar del Estudiante”, que era donde pernoctaban los provincianos sin recursos para ir a una pensión.

Sin embargo, me daba tiempo para jugar ajedrez, billar y juerguear de vez en cuando; pero sin descuidar los estudios. Y, durante los últimos dos años, mientras me enamoré con Antonieta, la que sería mi esposa, no dejé de ir a visitarla ni un solo día. Acostumbrado a ese ritmo, en el futuro, ya no me sería difícil mantener ese ritmo de actividad y destacar en el trabajo. También, por eso, sólo tomaría un mes de vacaciones durante toda mi vida laboral.

Cuando terminé mis estudios de Ingeniería industrial, en mi trabajo, al enterarse mis jefes, me doblaron el sueldo, y me quedé allí dos años más. Al día siguiente de enterarme de mi nueva remuneración, pedí la mano de mi esposa. Al año siguiente nos casamos, con mucho amor pero poco dinero. Mi esposa Antonieta, es una gran mujer que hasta ahora me acompaña, con ella tendríamos tres hijos y siete nietos, cada cual más hermoso, y que nos trajeron mucha felicidad y alegría. Al año siguiente de casados, nació nuestro primer hijo, en ese momento pensé: ” a este niño tendré que alimentarlo todo los días, darle atención médica, educarlo, vestirlo y darle una buena vivienda; que miedo, no podrá faltarme el dinero, no quiero que pase por lo que yo pasé”, pero esto solo me empujó a esmerarme más y a capacitarme más; y muy pronto recuperé la confianza y mejoré nuevamente mis ingresos. Al siguiente año nació el segundo y luego de tres años más nació la última. Ya por aquella época, me había cambiado de empleo y vivíamos en la provincia de Arequipa. Unos tiempos bellos aquellos, toda la vida era más lenta en provincia, tanto en el trabajo como en los quehaceres personales. Nadie se quedaba fuera de hora en la oficina, todo quedaba cerca y había mucho tiempo para estar con la familia; fácilmente se organizaba un paseo al campo, pues teníamos la campiña muy próxima; finalmente, el costo de vida era más económico y pudimos ahorrar un poco de dinero, con el que luego construiríamos una casa en Lima.

El mayor de mis hijos ya tendría la misma edad que yo cuando se fue del país mi padre, cuando éste reapareció. El abuelo se acababa de jubilar en los EE.UU. y regresó al Perú para pasar el resto de su vida en su tierra, pero vino con su ya no tan nueva pareja. Ambos podrían cobrar sus pensiones desde Lima y vivir con holgura, además contaban con algún dinero ahorrado. Inicialmente, durante un no tan corto tiempo, mientras encontraban una vivienda apropiada, se alojaron provisionalmente en mi casa. Esto le ocasionó a mi madre un gran disgusto.

¿Cómo puedes alojar a esa mujer en tu casa? me dijo.

Pero mamá, si ella conoció a mi padre mucho tiempo después de que ustedes terminaran su relación.

Casi me quita el habla y tuvo que pasar un buen tiempo para que ella asimilara el asunto. Sin embargo, cuando mi madrasta falleciera, unos años después, mis padres volverían a ser amigos, total ellos tenían algo en común: sus hijos. Y al fin pudimos gozar de la presencia de ambos en las importantes reuniones familiares.

Paralelamente, tuvimos otro conflicto, mi padre también trajo consigo una perra “doberman“ y nosotros teníamos una “pastora alemana”, muy cariñosa pero también muy celosa; sin embargo, este lio duro mucho menos y también se convirtieron muy amigas, la doberman ya era viejita y jamás había ladrado en su vida. Nuestra perra le enseñó y la veterana comenzó a ladrar.

 

 

 

Pero también vendrían momentos difíciles, tanto económicos como de salud. Luego de superar dichos problemas, mis tres hijos terminaron sus estudios universitarios y, cuando se graduó la última de mis hijos tiré la casa por la ventana y festejamos a lo grande: ” habíamos cumplido”.

Al poco tiempo se casaron mis tres hijos y nos quedamos los dos papás solos. Me retiré del trabajo y me dediqué mucho a la lectura y a estudiar Filosofía; también a jugar bridge y vóley, estas dos últimas actividades las compartíamos con Antonieta. También nos gustaba mucho bailar; por lo cual, teníamos una buena colección de la música que nos gustaba y bailábamos mucho, tanto solos en casa como en fiestas con familiares y amigos. Pero sobre todo, por aquella época, me dio por escribir. Durante aquellos años, fueron muchos los acontecimientos que me pasaron, algunos de ellos los he volcado en las narraciones siguientes.

 

 

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