Con Jessy, nos conocimos hace cerca de veinte años, ella fue contratada para laborar a mi cargo en la empresa donde trabajaba.

            Pronto me percaté de su gran personalidad, inteligencia, energía y amor a su trabajo; pero también tenía muchos engreimientos y caprichos. Yo que había criado tres hijos, casi de su edad, no tendría ningún problema para manejar la situación.

            Muy pronto me sorprendió con su primer berrinche, luego otros más; pero cuando se dio cuenta que ni los llantos ni su linda sonrisa me doblegaban, se acabaron los berrinches.

            En aquella época salíamos mucho juntos a visitar clientes y pude observar que tenía mucha calidad para tratarlos, que exponía con mucho conocimiento y soltura; sólo era cuestión de pulirle algunos defectos propios de una principiante.

            Fui exigente e inflexible con ella, pero también nunca dejé de ser amable y siempre le brindé apoyo; no pasó mucho tiempo y surgió entre nosotros una gran amistad.

            Me gusta la informalidad siempre y cuando esta venga acompañada de responsabilidad, ella lo entendió muy bien excepto a veces cuando metía un poco de escándalo.

            Bonita y alegre era un adorno en la oficina, excepto cuando se ponía hepática.

            Muy buena era su autoestima, excepto cuando pisaba a un semejante como si fuera un sapo.

            Durante aquellos años, nos pasaron miles de cosas, algunas buenas otras malas, como cuando falleció su papá, nadie podía sustituirlo, pero fue importante para ella contar con una persona mayor que le dé consejo y orientación.

            Ella valiente, leal y cariñosa; siempre estaba dispuesta a colaborar y era sostén de su familia.

            También era muy ocurrente, tenía expresiones muy graciosas y ponía apodos muy ingeniosos, como  “pepón”, ”loco pelado”, ”Baroni” etc.

            Ella misma decía que hacía honor a la primera letra de su nombre “J”, y nunca se cansaba de joder. Cuando ella ya sabía que la respuesta era tres, constantemente me preguntaba ¿Cuánto Jefe?, y yo que soy gangozo porque tengo frenillo, tontamente le contestaba: “tregs”.

            Por aquella época yo ya la presentaba como mi hija adoptiva que, de cariño, así era. Cuando le regalé copia de una poesía que le escribí a mi esposa, me dijo: que lindo debe ser que a una, le escriban una poesía. Pues se cumplieron sus deseos, a continuación la poesía que le escribí.

 

Te depositaste a mi cargo, cuan importante me siento yo.

Quieres aprender muy rápido, todo lo que puedas de mí.

Siempre que quieras podrás recurrir a mí.

Te estimo tal como eres, espero mucho de ti.

Disfrutas de mi conversación, quizás nadie me escuche con tanta atención.

Encuentras en mi actuar experiencia, algo inusitado para ti.

Observo tus emociones jóvenes, haces muchas cosas por primera vez.

Hace muchos años, lo mismo yo sentí.

Significas frescura, me haces remontar.

Extraña amistad la nuestra, pero es de lo mejor.

Eres mi hija adoptiva por recíproca y voluntaria aceptación.

No le quitamos a nadie y nos enriquecemos los dos.

 

 

0
0
0
s2sdefault