(El autor escribió este relato a la edad de 14 años)

Había una vez, en una cocina muy lejana, una galleta quemada. La pobre galleta fue separada de las demás por estar carbonizada y no entendía por qué le hacían eso, así que se fue muy triste. Comenzó entonces su gran viaje…. No obstante, había un problema: no sabía a dónde  dirigirse. Así que caminó y caminó sin rumbo, hasta llegar a un lugar extraño donde todos eran diferentes. Cuando se acercó a  hablarle a alguien, se enteró de que todos estaban…

–¿¡Empacados al vacío!? –dijo la galletita.

–Sí, sí –respondió la lata de leche condensada con la que estaba hablando en ese momento.

–¿Y no te sientes incómoda, toda apretada y doblada ahí adentro? –preguntó la galleta.

–Un  poco, pero estás más seguro, protegido y limpio, además te acostumbras –respondió la lata medio paranoica.

 

La galleta se dio cuenta de que ese lugar no era para ella y siguió su camino, luego de despedirse de las latas  y las conservas.  Después de andar un largo rato, llegó a un lugar un poco raro donde todo parecía muy tecnológico, casi del futuro. Estaba todo lleno de máquinas raras que a primera vista se veían peligrosas. Muy intrigada, la galletita se acercó a una “batidora” según decía la etiqueta que tenía pegada, que además advertía: “PRECAUCION, no introduzca objetos mientras las aspas se encuentran en rotación. Se recomienda batir la masa a una velocidad promedio de 4.5 r.p.m. para prevenir posibles derrames y accidentes”.

–¡¡¡Batir la masa!!! –pensó  la galleta y se fue corriendo aterrada de ese lugar.

 

Corrió y corrió hasta quedar sin aliento, cayó al suelo y empezó a llorar. Sin embargo, de repente, escuchó un coro de voces que le decían:  “Ven a nosotros y curaremos tus dolencias… Acércate y absolveremos tus dudas…” Luego del miedo inicial, la galletita obedeció el mensaje y siguió caminando guiado por aquellas voces.

 

Entonces, llegó a un  lugar hermoso en donde divisó a los dueños de tan melodiosas voces: eran los creadores de todos los dulces, de todo lo probable y lo degustable: el azúcar, la cocoa, la leche, la esencia de vainilla, la canela, el polvo de hornear; todos ahí reunidos observándola. La galletita no sabía que decir, ni qué preguntarles primero. Empezó a pensar y pensar y finalmente dijo:

–¿Todos me odian sólo porque soy diferente?...

Y los creadores le respondieron:

–No te odian, sólo que no saben apreciar las cosas realmente buenas de la vida. Además no debes dejar que la opinión de la gente te lastime. Lo verdaderamente importante es que nosotros, lo que de verdad te amamos, te apreciamos por lo que eres y no por lo que pareces, ni por lo que tienes.  La galleta no hizo caso a las palabras de los creadores y se fue molesta porque pensó que sus palabras sólo la habían ilusionado y que no le habían servido de nada.

Tras un momento de descanso en el reino de los creadores, la galleta partió. Pasó por lugares muy bonitos, con casas de jengibre, grandes y bonitas. Las calles estaban limpias y se veían muy seguras. A la galletita le gustaba mucho ese lugar, pero tenía que seguir avanzando. Absorta en sus pensamientos, no se percató del aspecto de las calles por las que caminaba ahora. Ya no estaban limpias, seguras ni bonitas, sino que en cambio estaban sucias y descuidadas, llenas de basura por todas partes y con las casas atiborradas de grafitis. Cuando cayó en cuenta,  se asustó y notó que todos la miraban con recelo. Entonces, preocupada, empezó a ver hacia todos los lados. Y de repente observó un cartel que decía: “Remoción del total de la masa quemada”. Emocionada entró y pidió una remoción de prueba gratis, según advertía el cartel.

Al salir del consultorio, la galleta estaba como nueva y regresó a mostrarse ante todas sus antiguas compañeras. No obstante, al llegar a su antiguo hogar, lo encontró desierto. Advirtió solamente una horrible masacre: migas superiores e inferiores esparcidas por todos lados, charcos de fudge y manjar blanco en el piso y ni rastro del culpable. La galleta estaba allí, en medio de los restos de sus antiguas compañeras, con ganas de vomitar su propio relleno de mermelada de fresa. Pero, de repente, sintió que una fuerza increíblemente poderosa la levantaba y la llevaba a un pozo sin fin, rodeado por unos horribles objetos blancos y filosos. ¿Qué había pasado? Era su fin.

Al darse cuenta de que todo iba a terminar, reflexionó y se dio cuenta de que no todos son iguales y de que no tienen por qué serlo. Cada uno es especial y hay que aceptar a todos tal como son.

 

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