Reconocer nuestros errores y cuando corresponda pedir disculpas, son aspectos que hay que practicarlos antes de enseñarlos. Si los niños observan estas actitudes en nosotros, no sólo nos creerán, también nos imitarán.

          Tengo un gran amigo, que vive en un plano diferente al mío, entre los muchos que existen en la gran ciudad de Lima. Siempre supe de su gran aprecio y bondad; sin embargo, por falta de tiempo no lograba últimamente coincidir físicamente con él.

          Un día, mi siesta fue interrumpida por una llamada telefónica de éste. Cuando mi esposa me despertó, agotado aun por una trasnochada, le pedí negara mi presencia para seguir durmiendo. Sin embargo ya no pude continuar haciéndolo, algo se introdujo dentro de mí.

          Inmediatamente mi mente retrocedió a aquel día, hace más de 25 años, cuando dicho amigo me visitó vestido de negro, para decirme que unas horas antes acababan de enterrar a su padre, a pedirme si podía pasar lo que restaba del día en mi hogar y que deseaba mi compañía.  

          Ese fue un tremendo homenaje, como podía defraudar a un amigo así, sin embargo, lo acababa de hacer.

          Luego mi mente se trasladó a nuevos pasajes de mi vida, a solo cuatro años atrás, cuando yo estaba enfermo con pérdida psicomotriz de las extremidades izquierdas. Mi fiel amigo siempre me visitaba y me hacía masajes en el pie.

          Me sentí emocionalmente muy mal, esto podría resolverse fácilmente llamándolo por teléfono, lo cual hice sin demora:

          !Aló!,... ¿cómo estás mi hermano, quería saber si puedes almorzar conmigo, pero primero quiero pedirte perdón, pues...

 

 

0
0
0
s2sdefault