Enrique, después de una penosa enfermedad; al fin, logró recuperar totalmente su salud.

Nuevamente, el aspecto económico tomó importancia en su vida, pero no en la búsqueda de un estándar económico mejor, sino para comprar su tiempo.

Después de sus problemas de salud, se percató de lo frágiles que son los humanos.

—¡Qué estúpidos! Vivimos como si fuéramos eternos! —pensó—. Ya no quiero trabajar, ahora quiero dedicarme a lo que me dicte mi consciencia. No es que odie el trabajo; dichoso aquel que lo tenga, que lo cuide y disfrute. Pero el caso es que yo ya no quiero alcanzar metas materiales; tampoco, sociales. Más bien quiero adoptar ideales.

—Soy consciente de que los principales problemas de la humanidad (la drogadicción, la discriminación, la violencia, los problemas ecológicos, la corrupción, la pobreza) tienen su origen en la "crisis moral", en la ausencia de valores. La única solución es la recuperación de ellos —pensó.

—Quisiera contribuir en algo a cambiar este mundo desquiciado —siguió pensando—, escribir respecto de valores morales, principios e ideales; tratar de que éstos trasciendan al prójimo y lo doten de luz.

En el folleto de una asociación cultural, leyó: "No es suficiente el saber intelectual o contemplativo; es necesario vivir lo que se aprende y aprender de lo que se vive."

Adoptó dicho pensamiento y lo llevó al estilo vivencial. Quiso practicar fielmente todo aquello que pensara o escribiera, capacitarse más en los temas vinculados a la conducta humana; ello requería de su valioso tiempo.

Su nueva actividad no tendría réditos económicos. El primer paso fue conversar con su esposa para juntos elaborar un presupuesto reducido. La comprensión y el apoyo de ella fueron fundamentales. Al mes siguiente, sus ingresos los redujo a la tercera parte, pero ahora contaba con su ansiado tiempo. Días después, compró algunos libros y se matriculó en algunos cursos en los temas de Filosofía, Psicología, Ética y Literatura.

Asumió una actitud consecuente con respecto a sus conocimientos. Se dejó la barba como símbolo de independencia, revelándose del sistema social del mundo actual. Se despojó del reloj para liberarse de la vida angustiosa y desenfrenada y le declaró la guerra al teléfono para recuperar su intimidad.

Pero su postura no era la de un rebelde sin causa. Él tenía un móvil digno: dejar un legado de conocimientos que pudiera ser instrumento útil a otras personas, básicamente a los futuros jóvenes. Su nuera estaba embarazada; ya se aproximaba a ser abuelo y su futura nieta sería una de las herederas de los conocimientos que él pudiera recopilar.

 

 

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